Info

Carta abierta al nuevo dueño de los ladrillos de El Teatrico

Respetado Don Señor.

Me dicen las redes y algunos medios que su nombre es Rubén Darío Arbeláez y otros que uno de sus negocios es la explotación y venta de madera; de hecho, mencionan algunos negocios más como suyos, pero en vista de que no puedo reconfirmar ni lo último ni lo primero, prefiero llamarlo con el nombre genérico que mi abuelo utilizaba.

Como vecino del barrio Laureles, lo felicito, Don Señor. Acaba usted de sumar a sus propiedades uno de los tesoros más valiosos de nuestra comunidad: el local en el que funcionaba El Teatrico. ¡Viera usted las cosas tan hermosas que ese lugar le trajo a nuestro barrio! Pudimos ver montones de espectáculos nacionales e internacionales, conocimos artistas que solo se veían en la televisión o el cine —¿Le suenan nombres como Julián Arango, Edgar Román, César Mora, Kepa Amuchastegui o Maria Cecilia Botero? — y, sobre todo, tuvimos por varios años un lugar para encontrarnos.

Usted no se imagina, Don Señor, lo difícil que es lograr que una empresa cultural sea rentable y autosostenible en esta ciudad. ¡Y El Teatrico consiguió serlo en este tiempo! ¡Y dejar ganancias! Eso es casi un milagro que se consiguió gracias a dos virtudes presentes en el equipo que lo manejó y que imagino que usted, como empresario, conoce y valora en su real dimensión: la entrega y al empeño.

¡Claro! Como es obvio, las ganancias económicas de un teatro jamás se acercarán a las de la madera, por mencionar solo uno de los negocios en los que se dice que usted ha sido tan exitoso. Si pensamos en un mundo en el que todo es plata, ese local de la Avenida Nutibara, jamás le dará lo que sus otros negocios, Don Señor. Pero me imagino que usted sabe que ni todas las ganancias se miden en dinero ni todo se consigue con él. Si así fuera —y se lo digo como médico—, los servicios de cancerología no tendrían pacientes ricos, los hijos de personas adineradas no sufrirían enfermedades catastróficas y ningún poderoso moriría solo en un hospital; sin embargo, la realidad nos demuestra todos los días que sucede justamente lo contrario.

Le cuento, Don Señor. Ese edificio del que usted acaba de tomar posesión guarda mucho más que el valor de sus ladrillos, sus acabados y su lote. Ahí está lo que para miles de personas significa la esencia de la vida: el abrazo, el encuentro, la sonrisa, el disfrute. Claro, no está la cantidad de dinero que usted busca, pero para eso están los otros negocios, ¿no?

Comprar este local no es igual a comprar el local de una sucursal bancaria. Ahí está la diferencia. Lo de allá es dinero, lo de acá es la alegría de un montón de gente. No nos quite eso, Don Señor. Por favor. Usted es padre y posiblemente será abuelo. Cerrar El Teatrico no hará que sus hijos crezcan más cómodos. Permitir que permanezca sí podrá darle, con total seguridad, un motivo para que ellos se enorgullezcan de usted.

Mil gracias, Don Señor.

Carlos Palacio

Vecino del Barrio Laureles

Medellín / palabraspala.blogspot.com